








En casa siempre hay ruido. Hay pasos pequeños que interrumpen el silencio, voces que llaman a medianoche, desvelos inevitables cuando un susto o una fiebre rompe el sueño de nuestros hijos. Junto a mi esposa vivimos en constante alerta, cansados, pero agradecidos. Y mientras todo ocurre, pienso que nada de esto es para siempre.
Un día, sin darnos cuenta, soy consciente que el ruido se irá apagando. Las habitaciones quedarán quietas, los pasillos en silencio, y la casa comenzará a extrañar lo que un día fue. Extrañaremos risas, llantos, carreras, puertas que se abren de golpe y voces que ya no llaman desde el otro cuarto.
Ese día, ahí estaré, junto a mi esposa, tal como empezamos una vez: solo ella y yo. Como al principio así será al final.
Amo profundamente a mis hijos pero no en el mismo sentido que a mi esposa, mi compañera de vida. Nuestros hijos se irán; el matrimonio, en cambio, es el regalo que Dios nos concede para caminar juntos hasta el último aliento.
Sé que un día extrañaré a mis pequeños. Y ese vacío dolerá. Pero también daré gracias a Dios por la gracia del matrimonio, por la bendición de envejecer juntos, de sostenernos cuando la casa esté en silencio y el tiempo haya pasado.
La vida es transitoria. Los momentos no se repiten. Gracias a Dios por la familia.
«Todo tiene su tiempo, y todo lo que se quiere debajo del cielo tiene su hora» (Ecl. 3:1).
Que sea de bendición.