








No trabajemos solo para proveer, para solo llenar la mesa, sino para formar el corazón de nuestros hijos. El dinero nunca ha tenido el poder de comprar carácter; eso solo lo produce la instrucción constante del padre en casa, dada con amor, reforzada con disciplina.
Padres, ese es nuestro verdadero trabajo: no criar hijos que tengan mucho, sino hijos que sean mucho más que solo tener.
Jesús lo dijo claramente: «la vida del hombre no consiste en la abundancia de los bienes que posee» (Lc. 12:15). De manera que la verdadera vida no se compra, se construye. Se forma con enseñanzas que nacen del corazón de la Palabra de Dios, vividas en casa, donde el carácter se afila, la fe se fortalece y el futuro se prepara para la gloria de Dios.
Lo que un hijo aprende en el hogar lo llevará hasta donde tú jamás podrás acompañarlo.
El Señor nos guíe.