








Cuando una iglesia permanece en pie, en ningún momento lo es por la capacidad humana, sino por el poder de Dios obrando en medio de hombres frágiles y falibles, que luchan cada día contra sus propias debilidades.
No es casualidad donde Dios te ha puesto, con humildad reconoce tu lugar y glorifica al Señor. Sea un púlpito o un asiento, un altar o una escoba, no se trata del puesto, sino de la meta: servir con un corazón rendido al Señor para su gloria.
Si eres maestro, enseña con excelencia.
Si no lo eres, aprende con humildad, con el deseo de crecer para servir mejor.
Si lideras un ministerio, hazlo con amor y ejemplo.
Si no lideras, sé el más fiel en apoyar y edificar.
Si corriges, hazlo con amor; si eres corregido, escucha con sencillez.
Si sirves, hazlo con gozo; si eres servido, recibe con gratitud.
Si tienes dones, úsalos; si no los reconoces aún, pide al Señor que te los muestre.
Ama sin medida; si te cuesta perdonar, mira la cruz y empieza a amar, perdonando.
Porque en el Reino de Dios no se trata de posiciones, sino de corazones dispuestos. Porque la gloria siempre y por siempre será de Dios.
Que sea de edificación.