








No te acerques a la iglesia únicamente con el deseo de escuchar lo que quieres. Ven con un corazón dispuesto a ser examinado por la Palabra de Dios. Acércate con la humilde expectativa de que el Señor alumbre tus áreas oscuras, confronte tus faltas y revele tus debilidades, no para avergonzarte, sino para sanarte por medio de la corrección oportuna.
Recuerda que Dios es experto en tratar con aquello que necesita ser transformado. Su gracia no se limita a consolar; también corrige, endereza y guía.
Dichosos aquellos que no huyen del escudriñamiento del Señor, porque allí comienza la verdadera restauración.
«Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón;
Pruébame y conoce mis pensamientos;
Y ve si hay en mí camino de perversidad,
Y guíame en el camino eterno» —Salmos 139:23–24.
